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FEDERICO GARCÍA LORCA EN CUBA (II)

Los días cubanos de Federico fueron sedientos y desbordados. Quería entenderlo todo, absorberlo todo. En Cuba, como anotó Ángel del Río, se sentía liberado de la cárcel neoyorquina y había vuelto a encontrar el sol, la luz y la alegría... Había dialogado a campo traviesa con las gentes del pueblo en la aldea y en la ciudad. Se había metido en las cadencias negras y en la risa de los niños, había recorrido las estaciones de las iglesias habaneras el viernes santo de 1930; había oído aquí la música y la palabra de Serguei Prokofiev; se había inclinado con limpia avidez sobre la obra de los creadores jóvenes. Había entrado con asombroso entendimiento en lo cubano.


La naturaleza, las cosas, lo habían removido hondamente. La vida de Cienfuegos, Caibarién y Pinar del Río levantó en él cordiales meditaciones. Se había estremecido ante los tonos insospechados de un crepúsculo en el valle de Yumurí; había apurado con infantil alborozo la maravilla de Varadero y el inquietador “drama telúrico” de Viñales; pero, por muy fuertes razones, Santiago de Cuba se levantaba en su sensibilidad y su sueño como un recuerdo anticipado, como la suma trepidante de lo cubano en sus claras y complejas intenciones de color y ritmo. Así aparece de su son, en que la invención libérrima se ensarta en una secuencia leal a la evocación infantil y a su poder de creador soberano.

Pocas tardes después del encuentro inolvidable me dejó Federico dos poemas para ser publicados en la Revista de Avance, aquella que cambiaba la piel, el nombre, con el año: un soneto impecable, de muy neto perfil lorquiano y su “Balada doble del lago Edem”, recogida después en su libro Poeta en New York. El soneto, que solo hemos encontrado en las excelentes Obras completas de Aguilar, es el que dice, en el texto de la Revista, ejemplar del 15 de abril de 1930:

Yo sé que mi perfil será tranquilo
en el musgo de un norte sin reflejo.
Mercurio de vigilia, casto espejo
donde se quiebre el pulso de mi estilo.

Que si la yedra y el frescor del hilo
fue la norma del cuerpo que yo dejo,
mi perfil en la arena será un viejo
silencio sin rubor de cocodrilo.

Y aunque nunca tendrá sabor de llama
mi lengua de palomas ateridas
sino desierto gusto de retama,
libre signo de normas oprimidas
seré en el cuerpo de la yerta rama

y en el sin-fin de dalias doloridas.

En el original que conservo, escrito a lápiz y mil veces cruzado, quedan muchas huellas de vacilación. No hay diferencia en los cuartetos y solo en el verso penúltimo del soneto se altera levemente la versión final, al escribirse: “seré en el cuello de la yerta rama”.

Al llegar al primer terceto se ensaya un distinto desarrollo, que conduce a otro final, de inmediato tachado con firme repulsa. El intento queda encerrado, preso, castigado entre gruesos barrotes; pero entre las rejas puede leerse todavía:


Hojas grises darán color al río
y los insectos buscarán en vano
luces de primavera por el frío.

Bellos versos sin duda, bellísimos; pero que son un desvío de la sostenida tersura difícil en que está enfilado el soneto. Está bien que aceptemos la voluntad del poeta y que su obra permanezca en la encarnación deseada; pero ¿deben quedar ignorados los versos de este hermoso terceto lorquiano?

También para la Revista de Avance me entregó Federico su “Degollación del Bautista”. Se trata, como se sabe, de una de las narraciones libérrimas y clamantes en que el concurso de arbitrariedades soberanas logra poderosos efectos. Hermana de la historia de este gallo, de la degollación de los inocentes, del suicidio en Alejandría y de otras alucinaciones lorquianas, la “Degollación del Bautista” es una convocatoria audaz de lo más lejano y contrapuesto, todo trenzado de alusiones y resonancias irónicas, de burlas a los lugares comunes y a los desenlaces consabidos. En estas narraciones trepidantes se echan a pelear, entre carcajadas de dios regocijado, la realidad y el tiempo, la historia y el espacio. He aquí un párrafo típico de esta parcela lorquiana:

“Bajo un cielo de plantas de pie. La degollación fue horripilante. Pero maravillosamente desarrollada. El cuchillo era prodigioso. Al fin y al cabo la carne es siempre panza de rana. Hay que ir contra la carne. Hay que levantar fábricas de cuchillos. Para que el horror mueva su bosque intravenoso. El especialista de la degollación es enemigo de las esmeraldas. Siempre te lo había dicho, hijo mío. No conoce el chicle, pero conoce el cuello tiernísimo de la perdiz viva”.

Me ha sorprendido siempre que en la versión final de la increíble “Degollación” suprimiera Federico uno de los párrafos que aparecen en el original que me entregó y que fueron incluidos en la Revista de Avance. Se trata, sin duda, de lo más garboso y deslumbrante de la narración, del modo en que el degollador, hombrecillo minúsculo, derriba la cabeza de San Juan:

“Primero hizo un profundo ojal en el sitio donde el cuello se desmaya para buscar el hombro. Por allí entró cortando toda la luna y puso lívida la parte superior de la frente. Esto fue lo genial, y lo que los profesionales aplaudieron: lo demás fue pura técnica, sin la menor línea inspirada”.

En cuanto a la “Balada doble del lago Edem”, la versión que me dejó Federico andaba muy lejos del retoque final, aunque algunas estrofas aparecían culminadas. Compulsándola con las que aparecen en las ediciones mejores de su obra, se advierten variantes considerables y, como sucede siempre en el verdadero creador, se desechan bellezas indudables y no siempre la forma definitiva es la más feliz. Por otra parte, en la edición de Bergamín, se nos dan dos versiones con muy señaladas diferencias. En la de Guillermo de Torre se advierten cambios en relación con la de Séneca. Y mantiene variaciones —y exclusión, como las otras, de estrofas que aparecen en la versión cubana—, la que nos ofrece la compilación de Aguilar. Lo mejor será que demos entero el poema que nos dejó Federico donde hay anotaciones y adiciones de su propia mano. Dice así:


POEMA DOBLE DEL LAGO EDEM

Nuestro ganado pace. El viento espira.
Gracilazo
Era mi voz antigua
ignorante de los densos jugos amargos
la que vino lamiendo mis pies
sobre los frágiles helechos mojados.
¡Ay voz antigua de mi amor!


¡Ay voz de mi verdad! Voz de mi abierto costado
cuando todas las rosas brotaban de mi saliva
y el césped no conocía la impasible dentadura del caballo.

¡Ay, voz antigua que todos tenemos,
pero que todos olvidamos,
sobre el hombro de la hora, en las últimas expresiones
en los espejos de los otros y en el juego del tiro al blanco.




Estás bebiendo mi sangre
bebiendo mi amor de niño pasado
mientras mis ojos se quiebran en el viento
con el aluminio y las voces de los soldados.

Dejadme salir por la puerta cerrada
donde Eva come hormigas
y Adán fecunda peces...

Déjame salir hombrecillo de los cuernos
al bosque de los desperezas y los alegrísimos saltos.

Yo sé el uso más secreto
que tiene un viejo alfiler oxidado
y sé del horror de unos ojos despiertos
sobre la superficie concreta del plato.

Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina
quiero mi libertad. Mi amor humano
en el rincón más oscuro de la tierra que nadie quiera
con mi nativo desprecio del arte y la correcta ley del canto.

Esos perros marinos se persiguen
y el viento acecha troncos descuidados.
¡Ay, voz antigua, quema con tu lengua
esta voz de hojalata y de talco!

Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco
porque yo no soy un poeta, ni un hombre ni una hoja
pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado.

Quiero llorar diciendo mi nombre
Federico García Lorca, a la orilla de este lago
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestión del vocablo.

Aquí frente al agua en extremo desnuda
busco mi libertad, mi amor humano
no el vuelo que tendré, luz o cal viva,
mi presente en acecho sobre la bola del aire alucinado.

Poesía pura, Poesía impura.

Vana pirueteada, periódico desgarrado.

Torre de salitre donde se entrechocan las palabras
y aurora lisa que flota con la angustia de lo exacto.

No. No. Yo no pregunto. Yo deseo.

Voz mía libertada que me lames las manos.

En mi laberinto de biombos es mi desnudo el que recibe
la luna de castigo y el reloj encenizado.




Aquí me quedo solo, hombrecillo de la cresta
con la voz que es mi hijo. Esperando
no la vuelta al rubor y al primer gusto de la alcoba
pero sí mi moneda de sangre que entre todos me habéis quitado.

Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes
y la bruma y el sueño y la muerte me estaban buscando
allí donde mugen las vacas que tienen rojas patitas de paje.

Y allí donde flota mi cuerpo sobre los equilibrios contrarios.

Tiene subido interés comparar esta versión primera, en plena elaboración, con las que aparecen en las ediciones aludidas. Es evidente que el autor varió por buen tiempo el contenido del riquísimo poema; no hay identidad en lo que muestran las tres compilaciones de mejor calidad. Ya hemos dicho que en la de Bergamín encontramos dos versiones distintas. La confrontación plena llevaría muchas páginas. Anotemos lo de más relieve.

Ya en el octavo verso aparece “manaban de mi lengua”, o “brotaban de mi lengua” en vez de brotaban de mi saliva, como dice el original que poseo. La tercera estrofa de nuestra versión desaparece en la que nos da la edición de Aguilar; y en la que allí pasa a ser tercera se dice “borrachos” por “soldados”. En la que sigue son visibles las variantes entre las tres ediciones más conocidas. En todas desaparece el último verso de la estrofa sexta de nuestra versión: “con mi nativo desprecio del arte y la correcta ley del canto”, tachado por el autor. El rechazo es explicable y plausible. El poeta lo sustituye por este otro: “Mi amor humano”.


Los cambios en la estrofa que comienza: “Quiero llorar diciendo mi nombre”, son notables. En las versiones recogidas, no del todo iguales, leemos:

Quiero llorar diciendo mi nombre
rosa, niño y abeto, a la orilla de este lago
para decir mi verdad de hombre de sangre...

En el original que conservo hay, sin duda, dramatismo más conmovido y directo, al llorar el poeta su propio nombre. Ya sabemos que no es la única vez que sufre Federico, en medio del poema, la inquietud y el asombro de llamarse como se llama. Recuérdese, en sus primeras canciones, la interrogación ensimismada:

Y entre los juncos y la baja tarde,


qué raro que me llame Federico!


Y más tarde, en el Romancero gitano:


¡Ay, Federico García,


llama a la guardia civil!

La estrofa, honda y hermosa como pocas, en que el hombre de sangre quiere decir su verdad sin fórmulas, sin “la burla y sugestión del vocablo”, aparece más entrañada y poderosa con el ingrediente del nombre propio, de la cifra exacta en que están peleándose el artificio y el pulso:

Quiero llorar diciendo mi nombre


Federico García Lorca, a la orilla de este lago...

En ninguna de las otras encarnaciones del poema el grito que rasga las entrañas traspasa, como aquí, la angustia hundida en el propio nombre. La identidad para los otros: Federico García Lorca es aquí como el puente hacia la verdad última. Si el poeta es rosa, niño y abeto, el hombre de sangre está, en la presencia del nombre más entero y herido.

Pero donde reside la capital diferencia entre la forma primera que conservo y la ofrecida en los libros, es en la total supresión de las estrofas once y doce, aquellas que empiezan con estos versos: “Aquí frente al agua en extremo desnuda” y “Poesía pura. Poesía impura”.

¿Repudió Federico estas estrofas? ¿Las sustrajo para darles, por camino distinto, espacio y desarrollo? Ha de decirse que no tienen el aire de las otras y que aluden a cosas de distinto orden; pero nadie podría negar que poseen sentido y belleza singulares. Léanse con atención esos ocho versos. No creo que haya en toda la obra de Federico instante en que se enfrenten tan dramáticamente la sed de libertad, de amor humano, y el dominio turbador —“angustia de lo exacto”— de la expresión inusitada. El poeta no quiere aquí su vuelo futuro —“luz o cal viva”—, ni el acecho del hallazgo “sobre la bola del aire alucinado”. Grita su deseo de verdad desnuda, de salto sin amarras, de amor de hombre de sangre.

La otra estrofa condenada tiene una afilada hondura. El poeta se levanta contra la culta cháchara sobre la pura y la poesía impura, y la repudia desde el fondo de su virtud de creador soberano:

vana pirueteada, periódico desgarrado.
Torre de salitre donde se entrechocan las palabras
y aurora lisa que flota con la angustia de lo exacto.

Tiene explicación posible la supresión de las dos estrofas. Puede ser que su autor entendiese que rompían la unidad íntima del poema —que hasta ellas viene centrado en recónditos conflictos—, al discurrir sobre cosas de otro linaje. Aunque, así haya ocurrido, estos versos deben ser recogidos en las futuras ediciones de la obra lorquiana. Aquí está la pugna agonal (que el agua desnuda del lago, invitación al severo coloquio, agrava y precipita) entre naturaleza y estilo, entre la cárcel de la norma y la libertad del amor humano. Son, en verdad, una nota distinta, aunque coincidente en sustancia, y por ello sale al camino, en la conmoción que produce New York en el ánimo del creador tradicional y novísimo.


El “Poema doble del lago Edem” es un momento intenso, capital, en la historia de la lírica lorquiana. El poeta es aquí una presencia herida por todas las contradicciones de su sensibilidad y de su tiempo. En ningún instante tocamos esta trágica desolación en que todo —el agua, el viento, el césped, los perros marinos, los helechos mojados—, estremecen la conciencia de su destino. En lo más hondo, el gran poema es un clamor hacia la total liberación y, por ello, un grito cargado de historia y de mañana. Que no se pierda todo el tamaño de ese grito.

Cuando llegamos a esa porción lancinante de la obra de Federico se nos hace más claro que andamos a medio camino del pleno entendimiento. En verdad que hay mucho que buscar, que encontrar, que ahondar, en su poesía. Cuando se haga, se comprobará hasta donde había en él una rara sustancia iluminada, una Gracia rica en gracias, grávida de tiempo y de espacio. Los que conocimos a Federico gozamos la ocasión de asomarnos, por entre el manantial impetuoso y bullente, a ese tránsito profundo y ansioso en que el poeta es dueño y señor de su angustia anunciadora.

Los viejos creyentes se alborozaban al tocar “cuerpo de santo”; los que vimos en Federico el desenfado gallardo que era tuteo de la gloria, podemos decir con verdad que tocamos, ya dijimos por qué, “cuerpo de clásico”. Sabemos por ello que su fuego encenderá muchas claridades no imaginadas todavía, y si no pudo darnos toda la poesía que le inquietaba la vigilia, en lo que dejó está la marca de su hazaña: tomar la voz de todo un pueblo y situarla al nivel de su tiempo, que es lo mismo que abanderarla hacia culminaciones imprevisibles.


Continuará…

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