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NUNCA CREÍ QUE EL BODEGUERO FUERA A TENER TANTO ÉXITO: RICHARD EGÜES

"Compadre, esto va a ser un palo'', auguró el director musical Rafael Lay cuando la escuchó por primera vez

El autor se inspiró en un amigo de Santa Clara que desempeñaba esa labor en los años 40 .

Por: GERARDO ARREOLA (La Habana)

La Habana, 21 de octubre. Una calurosa madrugada de octubre, hace 50 años, Richard Egües volvió a la casa de huéspedes donde vivía en La Habana, decidido a escribir de una vez por todas el chachachá que le bailaba en la cabeza. Trabajó de un tirón, sin dormir, y horas más tarde, en su programa diario de Radio Progreso, la Orquesta Aragón estaba estrenando El bodeguero.

La Aragón hacía su programa en vivo y con un público que aquella tarde enloqueció con el número. El director de la banda, Rafael Lay, hizo un diagnóstico preciso: "Compadre, esto va a ser un palo".

Así son los recuerdos de Egües, virtuoso flautista que llegó a ser uno de los emblemas de la charanga formada por Orestes Aragón.

En su departamento del barrio de Santos Suárez, Egües recibe a La Jornada para reconstruir la hechura de esa sencilla crónica urbana que ha lanzado a la pista a varias generaciones, ha producido millones de copias y se ha bailado en cuatro continentes.

La imagen más remota que el músico tiene de esta pieza es la de un amigo suyo, de oficio bodeguero. Así se le llama en el habla cubana al encargado de una bodega, es decir, una tienda de comestibles, que durante la primera mitad del siglo pasado era más que eso. Era también una cantinita de barrio, donde la gente tomaba copas mientras el encargado le surtía la compra del día. Era, pues, centro de tertulias, aduana de la vida.

A ese bodeguero de Santa Clara, donde vivió en los años 40, Egües quiso dedicarle una pieza. Qué mejor, dijo al paso del tiempo, que fuera un chachachá, el nuevo ritmo que había inventado Enrique Jorrín y que Lay pescó al vuelo para ponerlo en el inventario de la memoria musical cubana.

LA FLAUTA, LA PRIMA DONNA DE LA ORQUESTA

Egües nació el 26 de octubre de 1923 en el poblado de Cruces, actual provincia de Cienfuegos, en la costa surcentral de Cuba. Hijo de músico, pronto aprendió a tocar clarinete, piano, guitarra y saxofón. A los 14 años ya estaba debutando como clarinetista en la orquesta municipal que dirigía su padre.

Cambió de agrupaciones, se mudó a Santa Clara y llegó a La Habana, donde tocó piano y sax en cabaretes. En 1952 se unió a la Aragón, que había hecho el mismo recorrido que Egües: de Cienfuegos a la capital.


Diestro como era en todos los instrumentos, Richard se volvió leyenda. Tenía un lugar aparte como ejecutor, orquestador y compositor. La mancuerna que hizo con Lay imprimió el carácter de la Aragón, que asumió con razón un apellido: la charanga eterna.

Egües empezó a tocar flauta poco antes de entrar en la Aragón. Con ese instrumento se quedó el resto de su vida. Lo convirtió, como él dice, en la prima donna de la orquesta, en pieza rítmica y melódica, en solista en la dotación de vientos, en paso obligado de las improvisaciones. Lo hizo sello de marca de esa orquesta, del chachachá y de sí mismo, su ejecutante estrella. La flauta de Richard brilla en La reina Isabel, Sabrosona o Un real de hielo, entre otras clásicas del grupo.

"La flauta tenía un papel importante, pero limitado en el danzón. Cuando yo empecé a tocarla, en el 46, 47, 48, era ya la época de las improvisaciones en las charangas. Fue la improvisación la que llevó a la flauta a su papel de protagonista", señala Egües.

La Aragón grabó El bodeguero por primera vez en noviembre de 1955, en los estudios de la vieja emisora CMQ, para la firma RCA Victor. Apareció pronto, en uno de aquellos pequeños discos de acetato de 45 revoluciones por minuto. "Nunca pensé que fuera a tener tanto éxito. Yo hice casi todos los arreglos de la Aragón, pero ninguno pegó como este", dice Egües, quien permaneció en la banda hasta 1984, dos años después de la muerte de Lay.


En diciembre de 1955 ya se estaba grabando de nuevo El bodeguero, para iniciar una ronda de reproducciones que no cesa 50 años después.






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