CHUCHO VALDÉS ANTES DE CHUCHO

Por Pedro de la Hoz , tomado de La Jiribilla (revista electrónica), no. 277,

La primera vez que Chucho Valdés supo que podía ganarse la vida con la música sucedió en 1957, cuando una noche de baile, a falta del titular, ocupó la plaza del piano en la orquesta del viejo Revé (el padre de Elio, un personaje sobre el cual habrá que contarse algún día). “Ese día recibí mi primer pago”.
Pero su debut profesional se produjo el 13 de diciembre de 1958 en el hotel Deauville, un albergue turístico que se levanta a dos pasos de uno de los sectores del Malecón habanero donde las olas invernales son más impresionantes.

Noche tras noche, Chucho se entregó a un ejercicio tenaz, únicamente interrumpido por aquel lúgubre fin de año en que zozobraba el régimen de Fulgencio Batista y los primeros días de 1959, trastocados por el júbilo de la irrupción de las fuerzas rebeldes en la capital. Hasta bien entrado febrero cubrió el repertorio de boleros trepidantes, guarachas de salón y canciones deliciosamente armonizadas por las voces de los Hermanos Bermúdez.

Rubén, Armando y Alberto formaban uno de esos tríos indispensables en la trama nocturna de La Habana y gozaban por ese tiempo de una ascendente demanda en las estaciones de radio y los canales de televisión. El público los identificaba por la interpretación de un bolero de José Domingo Quiñones, "Levántate", cuyo registro definitivo quedaría fijado meses más adelante, en marzo de 1959, en el disco del sello Duher que llevó por título el propio nombre del trío.

Para Chucho fue importante el encuentro con los arreglos que El Niño Rivera hacía para los Hermanos Bermúdez en obras como la antes mencionada o en "Mi mejor canción", de José Antonio Méndez, página emblemática de la trova filin; Rivera, tresero excepcional, gustaba de los giros armónicos jazzísticos más avanzados, orgánicamente incorporados a la tradición musical cubana, y desde entonces admiró las cualidades de fraseo y dicción del bisoño pianista.

Un día, ya estamos en la primavera de 1959, Bebo Valdés, su padre, habló cara a cara con el joven de 18 años. “Es hora de que entres a mi orquesta. Pienso que será una buena escuela para ti”.

El maestro se reservaba la dirección y los arreglos. El vástago tendría que descifrar partituras hechas a la medida del progenitor.

La orquesta Sabor de Cuba paseaba, a gran altura, por todas las estancias de la música popular cubana del momento. Era la agrupación de planta de Radio Progreso, uno de las más reconocidas radioemisoras del país, fundada el 15 de diciembre de 1929 y desde 1953 instalada en el edificio de Infanta 105, en un nudo vial que funcionaba como una especie de bisagra entre La Habana tradicional y el flamante modelo urbanístico de La Rampa.

Por Radio Progreso, que contaba con un estudio para grabaciones y programas en vivo con lunetario capaz de acoger a 300 espectadores, pasaba la ceca y la meca del arte musical. Sus espacios eran seguidos tanto en las casas como por las personas que se disputaban un asiento en el estudio para conocer de cerca de los artistas de su preferencia.

Aunque acompañaba al talento artístico de la emisora, Sabor de Cuba contaba en 1959 con tres cantantes asiduos, Fernando Álvarez, Rolando Laserie y Pío Leyva, e incluía en sus grabaciones a Orlando Guerra (Cascarita), veterano de las lides de Julio Cueva; a Reinaldo Henríquez y Ada Rex.

Oriundo de Santiago de Cuba, Fernando había alcanzado singularidad por su manera muy especial de entonar los boleros. Durante el primer semestre de ese año, el tema principal de un disco suyo de 45 rpm clasificó entre los más ejecutados en las victrolas: "Total", de Ricardo García Perdomo. Era el comienzo de una carrera individual, antecedida por estancias en las orquestas santiagueras Armonía Tropical y las de Pancho Portuondo, Reinaldo Dembay y Mariano Mercerón; y de la capital, donde en 1953 había firmado un contrato con la naciente Banda Gigante de Benny Moré. Su primer éxito estuvo asociado a la difusión en 1957 del bolero "Humo y espuma", de Rolando Rabí, como solista del Conjunto Casino.

De pequeña estatura, con un sentido del humor criollo y chispeante, Pío Leyva, un cantor espontáneo nacido en Morón, le ponía un acento característico a las guarachas y sones montunos. Más tarde se le conocería como El Montunero de Cuba, pero ya entonces, desde que se instalara en La Habana en 1957, comenzaba a labrarse ese camino con sus versiones de "Chapaleando" y "Nadie baila como yo".

El villaclareño Rolando Laserie, sustentado por la orquesta de Ernesto Duarte, en aquellos momentos acababa de sorprender al mundo musical de la mano de la orquesta de Ernesto Duarte. Despertaba en el público sentimientos encontrados; unos le reprochaban una supuesta vulgaridad, guapería, en el modo de cantar; otros elogiaban ese sentido transgresor, esa dicción rumbera, contaminada con el aciclonado tiempo de solar y bajos fondos, que imprimía a sones y boleros. Lo cierto fue que desde que sacó al aire su versión de "Mentiras tuyas", de Mario Fernández Porta, nadie quedó indiferente, como tampoco ante la asimilación bolerística del tango "Las 40" y aquello que decía “A la Rigola yo no vuelvo más / matan a los hombres a palo y pedrá”.

Pero, aún más que las voces habituales de la orquesta Sabor de Cuba, lo que a Chucho le impresionaba era el encaje entre la sección de viento y la rítmica. Había gente de mucho talento y oficio en una y otra; desde Chocolate Armenteros y El Negro Vivar en la primera y Oscar Valdés (padre), Roberto García y Emilio del Monte en la segunda.

Era una banda con todas las de la ley. El repertorio incluía boleros, cha cha chás, mambos, merengues, guarachas, guajiras, y toda clase de derivaciones genéricas de esas especies básicas de la música cubana.

“Tocábamos a diario ―recuerda Chucho― y eso es fundamental para ganar en seguridad. La variedad de ritmos no impedía que la orquesta tuviera un sello particular, un estilo, a partir de los arreglos de Bebo, quien, por su parte, no renunciaba a hacer jazz cubano en algunos instrumentales”.

“Una de las obras de entonces que me marcó fue "El cumbanchero", por el arreglo tan dinámico que tenía. Cuando mucho después lo retomé en mi repertorio como solista, lo que hice, claro está, a mi manera, fue tratar de que en el piano cupiera toda aquella riqueza que se daba a nivel de orquesta. Eso es bonito, ¿no?, hacer del piano una banda gigante, o, si quieres, hacer que la banda se concentre en un piano”.

Con la salida de Bebo hacia México en 1960 ―no regresaría nunca―, Sabor de Cuba quedó un tanto a la deriva. Siguieron trabajando algún tiempo, pero no fue lo mismo. Sus músicos se trasladaron hacia otras agrupaciones.

En diciembre de ese año, Chucho entra a la orquesta del Teatro Martí, la catedral del teatro vernáculo. Escena de carácter sumamente popular, arraigada a la identidad insular desde el siglo XIX, el repertorio del Martí, aún cuando se renovaba al socaire de los argumentos aportados por la nueva realidad del país, apelaba a un lenguaje musical anclado en las fórmulas de la tradición.

No era, en verdad, muy estimulante para un joven pianista que, por demás, componía e intentaba poner en orden un fértil imaginario sonoro.

Chucho tomó el trabajo no por mucho tiempo. Casi de inmediato se unió a la pequeña nómina que animaba las noches del club Karachi, en El Vedado, con Puchungo en la percusión y Joseíto Fernández en el bajo. Plantó también campamento, durante largas noches, en el bar del Hotel Saint John, donde tocaba todo lo que podía agradar a los parroquianos, muchos estándares de música cubana e internacional.

En otro momento, a lo largo del plazo que transcurrió entre 1961 y 1962, fue fichado para la orquesta acompañante del espectáculo del hotel Riviera.

Hasta que en aquel peregrinaje por La Habana de noche se enteró que se estaba formando una compañía teatral sui géneris, nada que ver con el bufo, y con muchos de sus amigos en las filas de la orquesta.

Cuando le preguntaron si quería pertenecer a la orquesta del Teatro Musical de La Habana, no lo pensó dos veces. Allá fue.

Tomado de La Jiribilla (revista electrónica), no. 277,

www.lajiribilla.cu/2006/n277_08/277_16.html



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